Nos constituimos en un colectivo conformado por miembros de la sociedad civil, desde su núcleo fundamental -la familia- hasta todas las formas de asociación: las comunidades, las organizaciones no gubernamentales, los partidos políticos, Iglesia, universidades, entes sociales y gremiales y las instituciones en general.
Nuestro propósito se orienta a analizar los escenarios políticos presentes y futuros y propiciar espacios para la discusión en aras del respeto a la institucionalidad política y jurídica en el país y el equilibrio de poderes y fuerzas democráticas como interpretación de la conciencia social y pública del Zulia.
Nunca como ahora la sociedad civil en su conjunto está obligada a actuar en defensa de la Nación y su futuro democrático: frente a la amenaza creciente de un estatismo autoritario y un proyecto autocrático de poder no podemos seguir permitiendo una división antinacional en la República. Aquí debemos convivir y competir democráticamente “chavistas” y “antichavistas”, exchavistas y disidentes en general. Las “oposiciones” pueden ser muchas, de “derecha” y de “izquierda”, pero el gobierno del Estado no puede estar subordinado a un solo individuo, ni la sociedad acostumbrarse a los caprichos del que ejerce este poder y su constante desprecio a los derechos civiles y a la opinión pública, así como la perenne violación de la Constitución, Leyes, resultados electorales y tratados internacionales que Venezuela ha suscrito.
En noviembre hay que derrotar, con propuestas novedosas y un discurso de altura centrado en valores, a los candidatos del oficialismo por la sencilla razón que este modelo ha fracasado en su gestión pública. Para el venezolano de a pie la economía se deteriora cada vez más y la sociedad en su conjunto sufre el flagelo de la inseguridad, la ineficiencia y la corrupción. Pero hay otra razón, y es la necesidad de reconquistar el necesario equilibrio democrático, Venezuela no puede ser “monocolor”, no fue conveniente que fuera “blanquiverde” como no es conveniente que sea “roja-rojita”. Venezuela necesita encontrarse y conciliarse en un gobierno de unidad nacional y acabar, de una vez, con casi 25 años de crisis.
Estamos celebrando 50 años de democracia y 60 de la declaración universal de los derechos humanos. Tenemos que comprometernos a hacer del siglo XXI, el siglo de la democracia plena y de la fundación definitiva de la república progresista que prometimos crear en la gesta emancipadora. Esta es una tarea de todos pero fundamentalmente de los civiles. La paz y el progreso son tareas de civiles, de ciudadanía y civilidad a través de la educación y del trabajo, del compromiso noble y honesto de todos y cada uno. La paz y el progreso no se conquistan con ilusiones fabricadas por discursos ni con liquidez económica inorgánica, porque estos se acaban.
Hoy estamos gobernados, entre otros, por una cúpula militar que desconoce en su mayoría la civilidad. Los militares están formados para la guerra, para la defensa territorial, misión que lamentablemente han trastocado al intentar infructuosamente de administrar el erario nacional.
La Venezuela civil de Santos Michelena, Fermín Toro, Cecilio Acosta, Rómulo Gallegos, Jesús Enrique Losada y tantos otros debe prevalecer en nuestra formación y consciencia como expresión de una cultura nacional caracterizada por la convivencia plural y el respeto, que reivindique de manera definitiva a Vargas frente a Carujo.
El proyecto republicano y democrático, por definición, es un proyecto civil y civilizatorio, Para garantizarlo tenemos que estar unidos frente a cualquier pretensión hegemónica y autoritaria sin importar el signo ideológico y político de los mismos.
Las “oposiciones” tenemos que unirnos electoralmente en este noviembre crucial. No se trata solo de derrotar a un gobierno inepto y corrupto, sino además, al imperativo político de crear un equilibrio necesario de poderes que permita seguir avanzando en un proyecto de país compartido, no importa las discrepancias y las posiciones divergentes. Un país es un proyecto integrador pluricultural, pluriétnico y policlasista sobre la base de un programa político que las mayorías legitiman por la vía electoral. El Proyecto País debe ser un programa político que no puede ser excluyente en ningún sentido y que responde a las tendencias universales y civilizatorias, así como a las necesidades concretas de la gente en función de ofrecer posibilidades de desarrollo y promoción humana para todos los ciudadanos.
Es desde esa perspectiva que nos animamos, como ciudadanos, a hacer un llamado a la unidad con la participación de todos, con respeto, consideración y equidad de trato. Es impostergable la unidad en torno a liderazgos formados en la lucha social y en los que, siendo emergentes, representan una esperanza de dignificación del ejercicio político.
El momento histórico que vivimos demanda de los dirigentes políticos hacer bien las cosas que tienen que hacer, y de los lideres hacer las cosas que se deben hacer para orientar y canalizar el talento y las emociones de modo que se garantice el cumplimiento de las aspiraciones de la gran mayoría, que es la de preservar la democracia. Y a todos, aportar sus ideas.
Se requiere la unidad en torno a un proyecto de país donde se garanticen los derechos humanos fundamentales y se respeten los valores democráticos. La nueva cultura política, que emerge en silencio en el corazón de los venezolanos pero con fuerza telúrica, exige de todos nosotros un gran esfuerzo, desprendimiento, sacrificio, servicio y mística; de lucidez y sensatez; y de un discurso coherente y orientador que exprese la capacidad de tolerancia y respeto a las ideas del otro, por muy discrepantes que ellas sean. Eso es lo que le da sentido a la democracia.
La República va en camino al fenecimiento, no para dar paso a un modelo mejor y socialmente justo, sino para imponer un modelo autoritario, anacrónico, fracasado y que dejó en miseria a los países que lo han experimentado. Esto, definitivamente, no es ninguna revolución. La institucionalidad se ha convertido en un eufemismo ante lo que todos sabemos es el secuestro de los poderes públicos. Las actuaciones de la Fiscalía, Defensoria del Pueblo, Tribunal Supremo de Justicia y Contraloría avergüenzan a todos los venezolanos. Son tan bizarras sus decisiones como incomprensibles, a menos que sean observadas bajo el cristal de la obediencia sumisa e interesada a un partido y a un hombre.
Este es un llamado juicioso y razonable para que pensemos profundamente en el futuro del país, éste donde nos corresponde ejercer con pasión el binomio libertad-responsabilidad como el mejor legado a las próximas generaciones y que nos permita disfrutar del bienestar, la felicidad y la paz que en justicia nos merecemos.
Debemos entender que en este mes de noviembre se presenta una de las últimas oportunidades para defender los resquicios de democracia que aún persisten gracias al pueblo que, con dignidad, se ha resistido a abandonar sus ideales y valores. Las “oposiciones” estamos llamadas a librar, unidas, esta crucial batalla defensiva.
¡Trabajamos para que la sociedad sea más importante que el Estado!
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